viernes, 21 de junio de 2013

Hablamos con una de los pioneros en este campo, Gerhard Andersson

Hoy en día se puede tratar, por ejemplo el estrés, el insomnio, fobias y ataques de pánico a través de Internet.

Hablamos con una de los pioneros en este campo, Gerhard Andersson, profesor de psicología clínica en la Universidad de Linköping y profesor en Karolinska Institutet en Estocolmo. Desde finales de 1990, ha llevado a cabo investigaciones sobre el tratamiento de terapia cognitivo conductual para problemas de salud mental a través de la Internet.

¿Qué es la psicoterapia con TCC?

- Cuando pasamos por un mal momento en la vida o una depresión, es necesario aprender nuevas cosas sobre uno mismo y como hacer las cosas para volver a una vida funcional. Ir a terapia es una forma de ayuda para empezar un cambio. La terapia cognitivo conductual pone gran énfasis en nuevos conocimientos y en practicar nuevas formas de actuar. Como paciente, tendrás deberes o ejercicios concretos para entrenar a hacer nuevas cosas.

¿Cuál es la diferencia entre la terapia normal y la terapia por Internet?

- En realidad, no hay mucha diferencia. Haces lo mismo en la terapia en Internet como si fueras a un terapeuta cognitivo conductual regular. También hay un psicólogo responsable, con quien te puedes poner en contacto a través del correo electrónico. Las sesiones consisten en leer textos para aprender más acerca de los síntomas que tienes y practicar los nuevos conocimientos con diferentes ejercicios. Entre medio se completa los informes de los ejercicios online o se envía por email al psicólogo. El psicólogo sigue tus avances y te da retroalimentación. El tratamiento a través de Internet significa un ahorro de recursos. Hay menos tiempo dedicado a cada paciente lo que hace que se puede ayudar a más personas, menos tiempo de viaje para el paciente, etc

¿No es igual con un libro de auto-ayuda, donde se puede leer de lo que hay que hacer?

- La diferencia es que a través de Internet recibes ayuda u apoyo y un empuje cuando  lo necesitas para seguir adelante cuando te quedas estancado. Los humanos somos después de todo seres sociales que necesitamos contacto y ánimo de los demás. Si se compara con maneras de aprender a cocinar, el libro de autoayuda es como un libro de cocina. Están las instrucciones y todo lo necesario para cocinar un buen plato.
Sin embargo, con el internet es como un curso de cocina donde tienes acceso a un chef que puedes consultar y preguntar.

¿Cómo puedo saber si es adecuado para mi?

Contacta con un sitio que ofrece terapia online con psicólogos profesionales detrás que te puedan ayudar a determinar si el tratamiento es apropiado y cuál es el programa que se adecúa mejor a tus necesidades.
Además, todos los programas de TCC en Internet requieren que estés motivado para trabajar en los ejercicios.  No basta con sólo tener el conocimiento, también debes practicar regularmente para notar los cambios.
Para volver al ejemplo del libro de cocina. Para aprender a cocinar, no es suficiente sólo leer recetas. Tienes que sacar las  ollas, comprar los ingredientes y cocinar la comida también. Tal vez tendrás que repetirlo muchas veces antes de que te quede bien. La terapia consiste en gran medida en tener el valor a intentar algo nuevo y practicarlo.

¿Hay algo que sea particularmente bueno con el tratamiento a través de la red?

- Una ventaja es que tienes acceso a todo el material después de terminar la terapia. Esto significa que puedes volver atrás y refrescar la memoria cuando sea necesario. En una terapia estándar uno no recuerda todo después.

¿Cuál es el futuro de la terapia cognitivo conductual online?

- El tratamiento de la TCC a través de Internet está aquí para quedarse. Hay mucha investigación que muestra resultados positivos y en muchos países este tipo de terapia se ofrece dentro de la salud pública como una alternativa de tratamiento. En el futuro vamos a ver probablemente más de la combinación de TCC convencional y el tratamiento en Internet.

miércoles, 19 de junio de 2013

AUTOESTIMA

Aunque no lo reconozcamos en público, para todos los mortales lo más importante del mundo es uno mismo.

Los temas y sucesos que más nos interesan son aquellos que afectan a nuestra persona, y las historias humanas, reales o ficticias, que más nos impactan emocionalmente son aquellas con las que nos identificamos de alguna forma.
 A la hora de crear nuestra identidad y describirla todos mezclamos atributos que tienen que ver con el pronombre personal «mí» y el posesivo «mío». 
Por  ejemplo, si le pedimos a alguien que no conocemos que se describa como persona, lo más probable es que en algún momento de su reseña incluya datos concretos como la edad, el lugar de nacimiento, su estado civil o la composición de su familia; quizá  identifique su profesión ciertas características que considera Importantes de su personalidad o incluso algún problema que le preocupa en ese momento; y es probable que añada algún detalle sobre sus principios y creencias. 
Pero bastante gente tiene en cuenta algunas posesiones materiales que valora especialmente y ha incorporado a su «ego», y no faltan el que creen en el refrán «Dime con quién andas y te diré quién eres», y se apunta tantos por estar vinculados a algún personaje respetable conocido o influyente. 
La verdad es que en lo que respecta a la definición de uno mismo, la frontera entre el «mí» y el «mío» no está nada clara.
La autoestima empieza a desarrollarse durante el primer año y medio de la vida. 
Al principio se nutre del afecto materno y demás cuidadores, y del sentido de seguridad que adquieren los pequeños. 
A medida que crecen se configura poco a poco por las experiencias que viven, por la valoración que hacen de ellas y por el mérito que se asignan a sí mismos o reciben de las personas de su entorno. 
El aprecio de los demás, la sensación de que dominan su cuerpo y las cosas que les rodean, y ver cómo objetivos realizables se convierten en logros frecuentes, cultivan en los niños las semillas de la confianza en sí mismos.
Gracias a nuestra aptitud para observarnos, analizarnos y juzgarnos, todos nos valoramos a través de nuestra lente particular y subjetiva.
Todos nos enjuiciamos a nuestra manera, con base en las experiencias pasadas, las prioridades y las expectativas que albergamos. 
Pero en la opinión de nosotros mismos influyen también los juicios que creemos merecer de las personas importantes en nuestra vida, así como las creencias y flor más de la sociedad en la que vivimos y que usamos de punto de referencia. 
Por otra parte, el concepto que formamos de nosotros va acompañado de un tono emocional coherente, que nuestro cerebro se encarga de asegurar esta congruencia entre lo que pensamos y lo que sentimos. 
Dependiendo de la autovaloración que hagamos nos sentiremos más o menos bien con nosotros mismos. 
Si nuestro juicio de valor es favorable e incluye áreas en las que nos sentimos competentes, o que nos hace sentirnos orgullosos, el sentimiento es placentero. 
Por el contrario, si nos consideramos inadecuados, los reproches a uno mismo suelen mezclarse con los sentimientos de vergüenza, culpa y fracaso.
Todos tendemos a valorarnos de una forma global. Por ejemplo, son corrientes las afirmaciones: «En general, estoy satisfecho conmigo mismo», o «Siento que soy una persona valiosa». Esta autoestima global es un buen indicador, pero no aporta información sobre los ingredientes concretos que valoramos. 
Por eso, es conveniente indagar sobre los elementos que tenemos en cuenta a la hora de calcular la autoestima.
 Precisamente, en las sociedades occidentales, la aptitud para relacionarnos con los demás, la competencia en las actividades que consideramos importantes, la apariencia física, la inteligencia y la independencia son componentes muy comunes de la autoestima.
Por eso, un ingrediente primordial de la autoestima es la capacidad de dirigir nuestro programa de vida. Como resulta do, la confianza que deposita en nuestras facultades para manejar coyunturas de la vida y, de esta forma, alcanzar las metas que perseguimos constituye uno de los elementos esenciales de la autoestima y, obviamente, de la capacidad para afrontar situaciones difíciles.
La autoestima se alza como un factor decisivo a la hora de luchar contra la adversidad. 
Cuando la Opinión que tenemos de nosotros mismos es Positiva, la resiliencia se fortalece directa e indirectamente. 
Una autoestima saludable estimula la confianza, la fuerza de voluntad, la esperanza y, sobre todo, nos convierte en seres valiosos ante nosotros mismos, y con ello aumenta nuestra satisfacción con la vida en general, un poderoso aliciente para vencer desafíos. 
Como demuestran numerosos estudios revisados metódicamente por el investigador David G. Myers en 1992, el indicador que predice con mayor seguridad el nivel de satisfacción con la vida de una persona es su nivel de satisfacción consigo misma. La gente que se valora suele sentirse razonablemente feliz. Esto no es un secreto. 
Casi todos los hombres y mujeres encuestados en estudios multinacionales consideran «tener una buena opinión de uno mismo», un ingrediente primordial de la dicha.
Con independencia de la dosis de parcialidad a favor de uno mismo, las personas que se valoran y reconocen sus cualidades y talentos también tienden a sentirse valoradas por los demás, y en condiciones estresantes o peligrosas hacen esfuerzos extras para superarse, lo que aumenta las probabilidades de supervivencia. 
Pero igual de importante es el hecho de que las personas con una autoestima saludable suelen conectarse más fácilmente con los demás y desarrollan mejores relaciones que aquellas que se infravaloran.
Y, como ya he mencionado, desde que nacemos hasta el último día de la vida las buenas relaciones afectivas constituyen el incentivo más frecuente para sobrevivir, el mejor antídoto contra los efectos nocivos de cualquier des gracia, el principal pilar de la resiliencia humana.
 Las personas tenemos una gran capacidad para proteger nuestra autoestima. Por ejemplo, alteramos los recuerdos humillantes o dolorosos con objeto de minimizar daño que causan a la valoración de nosotros mismos. El olvido es también muy útil en este sentido, pues reduce la intensidad emocional de los agravios, nos ayuda a perdonamos y a perdonar tras un capítulo penoso de nuestra vida.
 Otra estrategia defensiva muy común consiste en compararnos con quienes salieron más perjudicados que nosotros en situaciones de calamidades colectivas. De esta manera nos protegemos más que si nos comparamos con los más afortunados que sufrieron menos daños que nosotros. 
De superar la adversidad, de Luis Rojas Marco

Crisis de pánico: Cómo vivir con esto y afrontarlo sin miedo


Las crisis de pánico se han vuelto un problema muy común en la sociedad  debido al estrés que vivimos a diario

Sudor frío en manos y cara, aceleración del corazón, falta de aire, mareos, dolor de pecho y sensación de mareo son algunos de los síntomas que padece una persona cuando sufre una crisis de pánico. Sin embargo la sensación de ahogo, aturdimiento, desmayo, temblores, náuseas, sentimiento de irrealidad, temor a perder el control, enloquecer o morir son otras cosas que se  pueden llegar a asentir en un momento así.

Por lo general, las crisis de pánico duran algunos segundos o minutos y sólo excepcionalmente, horas, y pueden aparecer una vez en la vida o volverse recurrentes. 

Si esto le sucede, es indispensable consultar con un médico.

La clave es detectar el problema a tiempo

Las crisis de pánico son momentos de angustia que le vienen a una persona de manera súbita. Si bien no se sabe qué las produce, hay ciertas luces que indican que, además de tener un componente hereditario, se generan tras un episodio de gran estrés. Cualquier persona podría presentar una crisis de pánico aislada alguna vez en la vida si tiene un momento de mucha angustia como puede ser volar en avión o aglomeraciones de gente en espacios cerrados, agrega.

Hay que poner especial atención cuando se sufren al menos cuatro crisis de pánico en un mes, ya que podemos estar frente a un trastorno de pánico, una patología que requiere otro tipo de tratamiento.

Los afectados pueden sufrir la denominada ansiedad anticipatoria. Si una persona tiene una crisis de pánico al subirse al metro, comenzará a alterar sus rutinas y usará cualquier pretexto para evitar este medio de trasporte por miedo a que le vuelva a pasar.

En general, las personas que sufren un trastorno de pánico pueden vivir situaciones de mucho estrés y eventos traumáticos que se pueden asociar a patologías como la depresión, adicciones, abuso de alcohol, donde los pacientes pueden acostumbrarse a medicamentos como los ansiolíticos, o bien tienen agorafobia o fobia social”, enfatiza la psiquiatra.

Asimismo, es importante consultar con un especialista a fin de descartar otras patologías que puedan presentar síntomas similares. Podemos estar frente a algún tipo de cardiopatía, angina inestable, un problema coronario, asma, un tromboembolismo pulmonar o un accidente vascular. Si se dan de manera aislada, no siempre se les puede asociar a otras enfermedades, ya que pueden ser episodios pasajeros que no se vuelven a repetir.

Fármacos y psicoterapia

Pero, ¿cómo se trata este cuadro? Hay terapias farmacológicas y no farmacológicas. 

En el segundo caso hay técnicas de relajación, training, en los cuales los pacientes pueden tratarse a nivel psicológico para controlar las crisis de manera conductual, es decir, disminuyendo la ansiedad, entendiendo que no va a morir, sino que debe mentalizarse en que es una situación puntual que le está provocando esto. También se usan medicamentos, que son en general antidepresivos que regulan la serotonina en el cerebro, los cuales hacen disminuir la sintomatología y la frecuencia de las crisis.
Las crisis también se pueden controlar con ansiolíticos, pero se deben usar por un periodo acotado de tiempo, ya que a veces cuesta dejarlos. La idea es usarlos mientras actúan otros medicamentos y luego retirarlos.

La prevalencia de las crisis de pánico se da entre un 0,1% y 3% de la población mundial las sufre. 

Si bien no hay estudios que indiquen que cierto tipo de alimentación o de hábitos de sueño ayuden en la prevención, sí se sabe que el actual estilo de vida, en el cual hay mucho estrés, la gente está muy endeudada, trabaja en exceso, puede favorecer el aumento de la patología.

Controlando el miedo

El tratamiento es importante porque la evolución de la enfermedad se puede dar de dos formas: una es que la persona tenga periodos de crisis y otros donde no presente mayor alteración. “Pero puede pasar que las crisis se vuelvan más frecuentes e intensas, incluso con varias crisis en el día todos los días, lo que hace que la persona se aísle, deje de trabajar, no pueda salir de la casa, por ello es importante detectarlo a tiempo”, señala la especialista.

También es importante conocer cómo actuar frente a una persona que está sufriendo una crisis de pánico. “Si está en una aglomeración, lo primero es salir de ahí y asegurarse de que haya suficiente oxigenación. Sirve también hacer que respiren utilizando una bolsa, ya que cuando están en medio de la crisis empiezan a respirar muy rápido y por lo tanto se genera una hiperventilación que produce más mareos y síntomas. Hay que dejar que pase solo, porque la crisis durará en general sólo algunos minutos”.

Lo positivo es que las crisis de pánico sí tienen tratamiento; simplemente hay que entender que este “ataque” no tendrá consecuencias mayores, que el temor a morir o a perder el control es sólo miedo y no necesariamente ocurrirá.

Tips para controlar una crisis de pánico

1. Respirar profundo, ojalá en una bolsa.
2. Buscar lugares alejados de las aglomeraciones.
3. Pensar que nada malo pasará, y darse cuenta de que lo que se siente sólo es miedo, que no es dañino, sólo desagradable.
4. Fijarse en lo que le está pasando a su cuerpo en ese momento, no en lo que teme que podría llegar a ocurrir después.
5. Esperar y dejar que pase el temor. No luchar contra él.
6. Cuando esté listo para continuar, comience despacio, en un estado de relajación. No es necesario correr ni esforzarse.

sábado, 15 de junio de 2013

Fobias Sociales 1. Terapia por ordenador-Blog

De todos todos miedos, sin duda el más frecuente es el miedo a nuestros semejantes.

No es de extrañar, porque los seres humanos son la realidad que más influencia tiene nuestras vidas, en nuestro carácter, en nuestra felicidad o desdicha.
Somos seres sociales y esto quiere decir que vemos a los demás dentro de nosotros, como un componente de nuestro ser. Un ingenioso psicólogo, Nicholas -Iumphrey, contaba con gracia que en sus primeros estu : sobre el comportamiento de ios primates lo que más e llamó la atención es la cantidad de horas que parecían dedicar a una profunda meditación. Aquel ensimismamiento le desconcertaba. ¿A qué podrían dedicar tanta atención? O, dicho de otra manera, ¿para qué les servía tener un cerebro tan grande si llevaban una vida tan poco interesante? Al final llegó a la conclusión de que el gran problema que tenían que resolver era el de las relaciones sociales.
Lo mismo nos pasa a todos.
Las interacciones sociales —ese juego de egoísmo y altruismo, de sociabilidad e insociabilidad, de competencia y colaboración, lejanía y cercanía, de realidad e irrealidad— han ido formando el entramado de sentimientos sociales que a veces están bien ajustados y a veces se desajustan. Y que, además, están profundamente influidos por las culturas. 
Las culturas en las que el grupo tiene más importancia que el individuo fomentan unos sentimientos sociales diferentes a los que estamos produciendo y reproduciendo en nuestras sociedades individualistas. 
"Amae" era un sentimiento fundamental en la cultura japonesa. Significa «depender y con tar con la benevolencia de otro, sentir desamparo y deseo de ser amado». Tadeo Murae escribe: «Al contrario que en Occidente, no se anima a los niños japoneses a enfatizar la independencia y la autonomía individuales Son educados en una cultura de la interdependencia: la cultura del amae. El himbre occidental es individualista y fomenta una personalidad autónoma y competitiva. Por el contrario, la cultura japonesa está orientada a las relaciones sociales, y la personalidad tipo es dependiente, humilde, flexible, pasiva, obediente y no agresiva.»
Es evidente que este sustrato cultural, este modo de entender las relaciones, determinará toda una amplia gama de sentimientos, desde los políticos a los familiares. 
Los esquimales nunca se enfurecen, porque en una socie dad tan vulnerable, en que la cooperación es indispen sable para sobrevivir, no se puede permitir el estallido de una emoción que pueda romper los lazos sociales. 
En Java, el sentimiento fundamental —sungkan-- es un senti miento de educado respeto ante un superior o igual des conocido, una actitud de reserva, una represión de los propios impulsos y deseos para no alterar la serenidad de alguien que puede ser «espiritualmente más elevado». 
Alguien comparó las actitudes de norteamericanos, ingleses, alemanes, suecos, franceses, griegos y japoneses res-pecto de ocho emociones básicas y encontró algunas diferencias muy interesantes. La mayoría de los norteamerica nos temen sobre todo a las emociones temor/horror, mientras que la mayoría de los japoneses temen más a las de asco/desprecio. Uno de los atractivos de la novela como género es su capacidad inigualable para narrar estos entramados sentimentales, los complejos sistemas de interacciones que se dan entre las personas. Fue el gran talento de los novelistas ingleses del XIX, de Tolstói, Dostoievski, Proust, Thomas Mann, Henry James y muchos otros, claro está.
Ahora toca el turno a los miedos excesivos, patológicos o prepatológicos. 
Sartre, que tuvo una genial perspicacia para estos problemas, escribió una frase que hizo fortuna: «El infierno son los otros.» Pues bien, ahora voy a estudiar los casos en que esta afirmación pue de tomarse al pie de la letra: las fobias sociales, el miedo a los demás que alcanza niveles patológicos. Se trata de un miedo desmesurado a ser vistos, a enfrentarse con desco nocidos, a hacer algo en público, a ser evaluados.
En este momento, me gustaría rendir un homenaje a uno de los más grandes psiquiatras de todos los tiempos, Pierre Janet, contemporáneo de Freud y en muchos aspectos superior a él. 
En 1909, en el deslumbrante libro Les Nevrosses, describió por primera vez la «fobia de las situaciones sociales»: «El carácter esencial que se encuentra siempre en esos fenómenos aterradores es el hecho de estar delante de los hombres, de estar en público, de tener que actuar en público. También se podían incluir en el mismo grupo las fobias al matrimonio, que son tan frecuentes, las fobias de algunas situaciones sociales, como la del profesor, conferenciante, el miedo de los criados, el terror al portero etc. Todas estas fobias son gatilladas por situaciones sociales y los sentimientos que producen...

continuaremos profundizando en este tema

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