miércoles, 19 de junio de 2013

AUTOESTIMA

Aunque no lo reconozcamos en público, para todos los mortales lo más importante del mundo es uno mismo.

Los temas y sucesos que más nos interesan son aquellos que afectan a nuestra persona, y las historias humanas, reales o ficticias, que más nos impactan emocionalmente son aquellas con las que nos identificamos de alguna forma.
 A la hora de crear nuestra identidad y describirla todos mezclamos atributos que tienen que ver con el pronombre personal «mí» y el posesivo «mío». 
Por  ejemplo, si le pedimos a alguien que no conocemos que se describa como persona, lo más probable es que en algún momento de su reseña incluya datos concretos como la edad, el lugar de nacimiento, su estado civil o la composición de su familia; quizá  identifique su profesión ciertas características que considera Importantes de su personalidad o incluso algún problema que le preocupa en ese momento; y es probable que añada algún detalle sobre sus principios y creencias. 
Pero bastante gente tiene en cuenta algunas posesiones materiales que valora especialmente y ha incorporado a su «ego», y no faltan el que creen en el refrán «Dime con quién andas y te diré quién eres», y se apunta tantos por estar vinculados a algún personaje respetable conocido o influyente. 
La verdad es que en lo que respecta a la definición de uno mismo, la frontera entre el «mí» y el «mío» no está nada clara.
La autoestima empieza a desarrollarse durante el primer año y medio de la vida. 
Al principio se nutre del afecto materno y demás cuidadores, y del sentido de seguridad que adquieren los pequeños. 
A medida que crecen se configura poco a poco por las experiencias que viven, por la valoración que hacen de ellas y por el mérito que se asignan a sí mismos o reciben de las personas de su entorno. 
El aprecio de los demás, la sensación de que dominan su cuerpo y las cosas que les rodean, y ver cómo objetivos realizables se convierten en logros frecuentes, cultivan en los niños las semillas de la confianza en sí mismos.
Gracias a nuestra aptitud para observarnos, analizarnos y juzgarnos, todos nos valoramos a través de nuestra lente particular y subjetiva.
Todos nos enjuiciamos a nuestra manera, con base en las experiencias pasadas, las prioridades y las expectativas que albergamos. 
Pero en la opinión de nosotros mismos influyen también los juicios que creemos merecer de las personas importantes en nuestra vida, así como las creencias y flor más de la sociedad en la que vivimos y que usamos de punto de referencia. 
Por otra parte, el concepto que formamos de nosotros va acompañado de un tono emocional coherente, que nuestro cerebro se encarga de asegurar esta congruencia entre lo que pensamos y lo que sentimos. 
Dependiendo de la autovaloración que hagamos nos sentiremos más o menos bien con nosotros mismos. 
Si nuestro juicio de valor es favorable e incluye áreas en las que nos sentimos competentes, o que nos hace sentirnos orgullosos, el sentimiento es placentero. 
Por el contrario, si nos consideramos inadecuados, los reproches a uno mismo suelen mezclarse con los sentimientos de vergüenza, culpa y fracaso.
Todos tendemos a valorarnos de una forma global. Por ejemplo, son corrientes las afirmaciones: «En general, estoy satisfecho conmigo mismo», o «Siento que soy una persona valiosa». Esta autoestima global es un buen indicador, pero no aporta información sobre los ingredientes concretos que valoramos. 
Por eso, es conveniente indagar sobre los elementos que tenemos en cuenta a la hora de calcular la autoestima.
 Precisamente, en las sociedades occidentales, la aptitud para relacionarnos con los demás, la competencia en las actividades que consideramos importantes, la apariencia física, la inteligencia y la independencia son componentes muy comunes de la autoestima.
Por eso, un ingrediente primordial de la autoestima es la capacidad de dirigir nuestro programa de vida. Como resulta do, la confianza que deposita en nuestras facultades para manejar coyunturas de la vida y, de esta forma, alcanzar las metas que perseguimos constituye uno de los elementos esenciales de la autoestima y, obviamente, de la capacidad para afrontar situaciones difíciles.
La autoestima se alza como un factor decisivo a la hora de luchar contra la adversidad. 
Cuando la Opinión que tenemos de nosotros mismos es Positiva, la resiliencia se fortalece directa e indirectamente. 
Una autoestima saludable estimula la confianza, la fuerza de voluntad, la esperanza y, sobre todo, nos convierte en seres valiosos ante nosotros mismos, y con ello aumenta nuestra satisfacción con la vida en general, un poderoso aliciente para vencer desafíos. 
Como demuestran numerosos estudios revisados metódicamente por el investigador David G. Myers en 1992, el indicador que predice con mayor seguridad el nivel de satisfacción con la vida de una persona es su nivel de satisfacción consigo misma. La gente que se valora suele sentirse razonablemente feliz. Esto no es un secreto. 
Casi todos los hombres y mujeres encuestados en estudios multinacionales consideran «tener una buena opinión de uno mismo», un ingrediente primordial de la dicha.
Con independencia de la dosis de parcialidad a favor de uno mismo, las personas que se valoran y reconocen sus cualidades y talentos también tienden a sentirse valoradas por los demás, y en condiciones estresantes o peligrosas hacen esfuerzos extras para superarse, lo que aumenta las probabilidades de supervivencia. 
Pero igual de importante es el hecho de que las personas con una autoestima saludable suelen conectarse más fácilmente con los demás y desarrollan mejores relaciones que aquellas que se infravaloran.
Y, como ya he mencionado, desde que nacemos hasta el último día de la vida las buenas relaciones afectivas constituyen el incentivo más frecuente para sobrevivir, el mejor antídoto contra los efectos nocivos de cualquier des gracia, el principal pilar de la resiliencia humana.
 Las personas tenemos una gran capacidad para proteger nuestra autoestima. Por ejemplo, alteramos los recuerdos humillantes o dolorosos con objeto de minimizar daño que causan a la valoración de nosotros mismos. El olvido es también muy útil en este sentido, pues reduce la intensidad emocional de los agravios, nos ayuda a perdonamos y a perdonar tras un capítulo penoso de nuestra vida.
 Otra estrategia defensiva muy común consiste en compararnos con quienes salieron más perjudicados que nosotros en situaciones de calamidades colectivas. De esta manera nos protegemos más que si nos comparamos con los más afortunados que sufrieron menos daños que nosotros. 
De superar la adversidad, de Luis Rojas Marco

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